Malaika/ Mi ángel

Por: Sebastián Lozano

Malaika era una perrita dobbermann que llegó a mi casa cuando yo tenía 10 años. Un día llegamos mi madre, mi hermana y yo a comer a casa de los tíos abuelos y me encontré con qué en la puerta había un bulto negro tirado, me acerqué y lo que vi me sorprendió, una perrita flaca, sucia, maltratada y sola. Mi primera idea fue subirla al coche y llevarla a mi casa por unos días mientras le conseguía un hogar, así que le pregunté a mi madre y ella accedió. Por supuesto la llevé al veterinario en donde la visitaba diario, pues ahí permaneció aproximadamente 7 días. Fuimos creando un vínculo profundo, se volvió mi amiga, mi confidente, mi madre y mi hija, la cuidaba y ella hacía lo mismo, dormíamos los dos en mi cama juntos. Adoraba a mi perra, a mi negra, mi tonta mi groserita. Los años fueron pasando hasta que ella cumplió 11 y yo 20.

Por supuesto una de sus actividades favoritas era curarme las heridas que el football americano dejaba sobre mi, lamiéndome con paciencia y cariño, preocupada y maternal
como siempre. El mes de noviembre del 2005 llegó y mi gran amiga comenzó a sufrir una extraña enfermedad de la cual yo no pude salvarla. El veterinario venía diario a verla y ella
se curaba dos díaS y recaía cuatro, así fui testigo de como su chispa y esa increíble sonrisa que ella tenía y que demostraba al tiempo que corría o movía las pompas (no solo su colita de salchicha) en señal de alegría, iban desapareciendo. El último día llegó,se levantó temprano el domingo 20 de noviembre, me despertó a patadas y besos, la llevé al jardín a jugar con su ladrillo y su botella de plástico (nunca le gustaron los juguetes tradicionales) nos reímos, la abracé le dije que la quería sin saber lo que se venía.

A la hora de la comida salí con unos amigos y volví alrededor de las seis de la tarde. Mi negra me recibió como siempre desbordante de alegría y amor, corrimos un rato jugando y
como a las 8 nos metimos a la casa a ver una película. Entonces comenzó la agonía, mi más querida amiga comenzó a irse, la mirada ida, sus patas de troglodita sobre mis manos como diciendo: No puedo irme mi niño, no quiero dejarte, tengo miedo!!

Yo la serené diciéndole palabras de consuelo y asegurándole que iba a estar bien y así poco a poco se fue yendo acostada sobre su sillón en el cuarto de mi mamá, lentamente levantó la cabeza dirigiendo una mirada a mi madre y mi hermana, exhaló su último aliento y nos dejó.

Siempre recordaré a mi Malaika y sus juegos y ocurrencias.

TE AMO NEGRA Y TE EXTRAÑO MUCHO. NOS VEMOS ALLÁ ARRIBA.
 
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