Mi hermano perro, mi hermana Lola

El 19 de enero del 2001 Doc desapareció de la terraza de mi casa sin dejar rastro. Doc era mi perro, el compañero sabio y dulce que estuvo a mi lado durante los doce años más difíciles de mi vida. En ese lapso mi familia y yo cambiamos nueve veces de casa y dos de ciudad, trabajé como vendedora ambulante, terminé bachillerato y me inicié en el periodismo sin haber ido a la universidad.

Cuando íbamos a playa Doc se acostaba durante horas y horas sobre mi ropa para cuidarla; gemía bajo mi cama cuando me iba de viaje; se moría de celos cuando Kenneth (mi novio) me besaba y abrazaba. Entonces me jalaba por la ropa, se montaba sobre nosotros y buscaba separarnos.

Cuando se extravió, dejé de trabajar por una semana. La búsqueda se extendió durante tres meses de pesadilla en los que hice de todo: desde rezar novenas a San Martín de Porres y San Antonio Patrón de las Causas Perdidas, hasta pegar más de quinientos afiches con su foto por toda la
ciudad, ofrecer recompensa por todos los medios, contratar muchachos sin trabajo de mi barrio para que recorrieran la ciudad en su búsqueda. Pero todo fue inútil. Espero que haya tenido una muerte rápida y lo menos indolora posible, pensar de otra manera me resulta intolerable.

Con el tiempo me mudé de casa llevando conmigo a Lola, la novia de Doc. Era una perra guapísima, tanto que siendo criolla la aceptaron en un concurso de pedigree. Los veterinarios la catalogaron como el cruce de dos razas europeas impronunciables y quedó de finalista. Adquirí la
costumbre de salir de madrugada con Lolita a pasear en el parque. La cargaba señalándole el crepúsculo y le decía: "Mira Lolita, es Doc, nos sonríe".

Lolita murió atropellada en mis narices, la madrugada del 12 de julio de 2001. El asesino fue un taxista que al verla en mitad de la calle a una distancia considerable, en lugar de frenar aceleró y le pasó por encima. La recogí mal herida y de inmediato la lleve a la Clínica Veterinaria Animalitos. Alcanzo a llegar con vida pero no había nada que hacer. Con el
cadáver de mi perra en los brazos, me tiré al piso a llorar. La Dra. Ingrid, se sentó a mi lado, me abrazó y consoló leyendo un pasaje del Libro Eclesiastés, el que dice que los animales provienen de la misma esencia de la que surge el hombre, que tras la muerte, todos, hombres y animales, regresamos al mismo sitio.

En su ataúd metimos sus juguetes, para que se fuera con todas sus cosas: una pierna de muñeca Barbie, varias bolas de lana, su pelota, su manta, sus cojines, fotografías, platos de comida y la correa que olvidé ponerle esa mañana. Mientras el sepulturero echaba las últimas paladas de tierra
sobre ella, mi mamá, mi hermana y yo, agarradas de la mano y con los ojos arrasados en lágrimas, le cantamos la Canción de Pelufo de Fito Páez: "Vida, tu vida fue una hermosa vida, tu vida transformó la mía y eso es verdad, llegan los tiempos de la primavera, dejaste tu sonrisa en ella y en la ciudad".

Es duro amar a los perros en un mundo donde millones y millones apuestan cada día por lucrarse con el dolor y la muerte. Es duro luchar por la vida de cada uno de ellos, sabiendo que cada una vale igual que todo un universo. Y hacerlo sin plata, con las uñas, luchando contra el propio
desaliento, poniendo cara de palo ante la burla e incomprensión de quienes no entienden que los animales tienen alma, sentimientos, conciencia de ser.

La última edición de la revista Soho trae una crónica espeluznante. El escritor Gonzalo Mallarino acompañó a un equipo del departamento de Zoonosis de Bogotá, quienes tienen como tarea capturar en los barrios pobres y como sea (a las buenas o a las malas) sesenta perros diarios, entre caseros sin cadena y callejeros.

Esos funcionarios no son del todo humanos, algo en ellos está muerto para siempre. Cumplen ordenes bestiales impartidas por bestias ilustradas. Narra Mallarino en su crónica la tragedia del french blanco y perfumado que le es arrebatado a su dueña. Esta, una niña que en un descuido lo
sacó a pasear de casa sin cadena, corre y grita llorando tras el camión de zoonosis. Narra la tragedia del perro rottweiler que descansa en la terraza de su dueño y es capturado y montado a la fuerza en el camión. El dueño, quién tiene un negocio de fundición, sale y desesperado se lanza a
rescatarlo, intenta romper las mallas, abraza a su perro, grita, se enfrenta a la autoridad, pero un par de policías lo inmovilizan mientras el hombre con lágrimas en los ojos suplica inútilmente que no se lleven a su perro. Pero no se ha dado cuenta que no trata con seres humanos.

En Bogotá asesinan, con el silencio cómplice de la iglesia, los partidos políticos, los medios de comunicación, la sociedad civil y el mismísimo Luís Eduardo Garzón, más de cuatrocientos perros a la semana. Diez y nueve mil doscientas criaturas al año. Seres inocentes cuyo único pecado fue nacer tres mil seiscientos metros más cerca del infierno.

Me arden los ojos. Bebé y Susana me acompañan. Susana es una criolla gris, hace cuatro años me miró a la cara en plena calle y decidió seguirme hasta la casa, desde entonces está con nosotros. Mi hermano intentó botarla en dos oportunidades pero ella volvió siempre por sus propios
medios. Le busqué dos hogares adoptivos y no resultó, así que ahora es parte de la familia.

Bebe por su parte es una french blanca, consentida y maravillosa. Cuando se cruzó en mi camino, hace ya un año, estaba ciega, sorda, con problemas cardiacos, respiratorios, alergia en la piel, ocho tumores, conjuntivitis y otitis crónica. Todos me aconsejaban que la durmiera: los veterinarios,
los amigos, mi familia, pero siguiendo mi instinto decidí jugármela toda por su vida. Gasté en ella todos mis ahorros y lo que no tenía. Y les aseguro que ha sido esta la mejor inversión de mi vida. Ahora Bebe esta bastante recuperada, gorda, tiene buen ánimo y apetito. Viaja conmigo, duerme conmigo. Me ha hecho grata la vida, llenó mi soledad, enjuagó mi tristeza. A veces, cuando tengo miedo, la abrazo muy fuerte. Entonces ella me mira desde la sabiduría ancestral de esos ojos que aún apagados conservan el don de penetrar hasta lo más profundo del alma, lame mi cara y se aprieta junto a mí. Y el miedo se pasa.

Desde hace años trabajo por cuenta propia rehabilitando perros perdidos, maltratados y abandonados. En la Fundación Rescate los recogemos, les curamos física y emocionalmente para darlos en adopción. En este momento
hemos iniciado un programa permanente de desconexión con la pequeña mesada de cuarenta dólares que nos envía un amigo mormón desde Utah.

¿Qué más puedo pedir de la vida?. Vivo con un par de compañeras temperamentales y graciosas. Pasan de largo mi mal genio, mi despiste y mi no saber cocinar. No me juzgan cuando hablo sola, discuto a gritos o lloro por nada. Tolero sus manías y me gozo sus celos, enfermedades y
pechiches.

La vida de cada una de ellas vale igual que el universo entero.
La vida de cada una de ellas a cambio de diez y nueve mil doscientas hermosas criaturas asesinadas cada año solo en Bogotá. Pensar eso me quita la respiración, me produce asco, dolor y vergüenza. Me avergüenzo de mi. De lo que hay de humano en mí. De eso que no es mío, que me sobra.

Si, parece inútil y estúpido luchar por la vida de cada una de estas criaturas en un mundo en el que la muerte lleva todas las ventajas. Sé -como decía la madre Teresa de Calcuta -, que lo que hacemos en la Fundación es una gota en el mar. Pero sé -como ella sabía- que el mar sería menos mar si faltara esa gota.

Eva Durán

 
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