Carta a PEGGY

Cuando conocí a mi Peggy era una cosita peluda, muy pequeña, una bolita de algodón que podía pasar por debajo de su mamá y yo de 8 años. Yo la escogí a ella porque se veía muy tranquila y de muy buen carácter y con mes y medio de vida mi mamá y yo decidimos llevarla a casa.

La llevamos a casa y durante todo el camino en el coche se durmió en mis brazos. La primera noche teníamos miedo de que durmiera en la cama a mi lado porque era muy pequeña y podía caerse. Sin embargo era demasiado tranquila, tanto que no se movía en toda la noche.

Siempre fue una perrita tranquila, juguetona, cuando estaba contenta siempre me sonreía para que yo supiera lo feliz que se sentía. Nunca la tuvimos que educar ni regañar, fue simplemente como si ella ya supiera lo que se tenía que hacer y dónde.

Le encantaba jugar con sus peluches y pelotas, correr alrededor de la mesa del comedor como loquita. Acompañarme a dar la vuelta en la moto para que le volaran sus orejas con el aire. Siempre sonriente, siempre feliz.

Al momento de irse a trabajar siempre se preparaba para subirse al coche e irse a la oficina con mi mamá, al llegar saludaba a todos, uno por uno de los que ahí trabajan. Poco a poco dejó de ir a trabajar para quedarse a descansar, se retiró, sin embargo en casa continuaba con su baños de sol diarios en la terraza, en el jardín, por las tardes se recostaba a mi lado a ver televisión, y contenta como siempre.

Nos cambiamos de casa, ya el segundo cambio para ella. Ahora tenía un jardín más grande, y pesar de su edad salía, daba vueltas alrededor de la fuente, tomaba sus baños de sol y como siempre, tranquila y feliz.

Era la más exigente al momento de prestarle tu atención, cuando la acariciabas tenía que ser con toda la atención y el cariño. Ella siempre comprendió que aunque tuviera otros hermanos ella siempre sería la Reina, la primera.

Fue cuando mi mamá y yo comenzamos a pensar en ayudar a otros seres indefensos que requerían atención y cariños. Así que poco a poco y con su consentimiento comenzamos esta ardua labor. Un día uno, otro día otro y así hasta que fundamos la asociación que ahora continúa y continuará con esta labor en tu honor.

Poco a poco fui notando como su espalda se encorvaba, sus ojos se aclaraban, señal de que estaba envejeciendo. Comenzó a dejar de dar vueltas en la fuente, a levantarse menos de su cama y a dormir más. Pero claro, ya tenía 16 años y yo 25, el tiempo había pasado y habíamos crecido.

Agradezco todo lo que me enseñaste. A cuidar a un ser indefenso a cambio de nada, a cumplir tus exigencias a cambio de cariños, y besos cuando los necesité. Gracias por envejecer a mi lado, por crecer juntas. Perdón por aferrarme a no dejarte ir... ahora sé que ya no te duele nada, que ya puedes de nuevo correr como loquita y sonreír. Y sé que desde allá arriba me cuidas y me acompañas a donde vaya.

Peggy, mi reina, te quiero con todo mi corazón y te extraño mucho!!!. Espérame allá arriba, cuando me toque a mí ya te alcanzaré.




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